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El Paraguay del dictador y su sombrero de fieltro gris

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El derrotero de un artículo que la emblemática revista Life no publicó en su edición americana

  • Por Ana Barreto Valinotti
  • Historiadora

Ahora que lo pienso se me hace difícil señalar qué fue lo que me llevó a Frank Scher­schel y la revista Life.

Quizás fue la comunicación de Carlos Gómez Florentín –presidente en ese momento del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas– sobre el interés del Centro Cultu­ral Paraguayo-Americano de organizar en conjunto un ciclo de charlas sobre las vin­culaciones entre el Paraguay y los Estados Unidos.

Y aun­que al saberlo supe que podría presentar a las dos ediciones de la revista NatGeo, en que el país fue abordado a inicios del siglo XX (una de ellas, desde la sensibilidad de una increí­ble exploradora norteameri­cana), había una fotografía que siempre me había lla­mado la atención y sobre la que no terminaba de com­prender el contexto en que había sido tomada: la de un jovencito acariciando tiernamente a un pequeño asno en la entrada del Lido Bar, un icónico restaurante de Asunción.

Desde redes sociales y algunas publicaciones impresas había conocido una serie de fotos sobre Asunción y su gente que llevaban una marca de agua con el innegable símbolo de la Life y el nombre como autoría de Frank Scherschel: el jovencito con el burrito; el hombre con las piernas dobla­das tomando tereré; la mujer que camina con la caja llena de dulces sobre la cabeza; el modesto carrito tirado por caballos pasando frente al Palacio de López.

SI QUIEREN ESCUCHAR TODA LA NOTA DE LA LIFE, LO PUEDEN HACER EN LA VOZ DE LA HISTORIADORA BARRETO AQUÍ:

Aparentemente, llenas de retratos folclóricos la serie nunca me interesó mucho, pues no veía en ella el signo político de un período en el que los pesados nubarrones del autoritarismo enmarca­dos en los primeros años del gobierno del general Alfredo Stroessner empezaban con fuerza a oscurecer al Paraguay.

LA FOTOGRAFÍA COMO NARRACIÓN

Para quienes no están muy familiarizados con el nom­bre y con el contenido, la revista Life se convirtió en todo un emblema del foto­periodismo en los Estados Unidos. Con una trayecto­ria que se inició a finales del siglo XIX, y aunque pasó por varias etapas, las ilustracio­nes como medio y el discurso idealizante de la sociedad norteamericana siempre fueron un eje central.

A los grabados coloreados desde planchas de zinc en 1900 le siguieron las prime­ras fotografías, y a diferen­cia de otros medios, dispu­tando casi igual espacio que las líneas de texto. Lo cómico, la moda y los consejos para la casa dieron un gran giro en los años 30. Life pisó la ban­carrota y la imposibilidad de competencia en conteni­dos con revistas similares. El grupo Time la hizo suya manteniendo únicamente el nombre y la convirtió en una publicación en la que las foto­grafías no solo derrotaron para siempre al dibujo rea­lístico, sino que desplazaron el predominio del texto.

No es extraño que luego de la Guerra Civil Española, la Life haya fichado al increíble Robert Kappa (quien falle­ció accidentalmente en la guerra de Indochina siendo corresponsal) para confor­mar al equipo que registró la II Guerra Mundial. ¿Conoce las fotografías fuera de foco del desembarco del Día D en Normandía o la del marinero besando apasionadamente a la enfermera? Bueno, ese era el espíritu que perseguía Life.

Sin embargo, después de la II Guerra Mundial, la Guerra Fría constriñó a la revista a un discurso aún más proame­ricano. Ya no solo era el estilo de vida, bondades, estre­llas de cines y confort de los Estados Unidos, sino que una posición en contra de sindi­catos, movimientos obreros y comunismo se hicieron más visibles en los artícu­los.

A la edición en inglés le siguió una en español que era editada para Latinoamérica y para estados con mayoría hispanohablante como por ejemplo Florida: la intencio­nalidad era exactamente la misma; salvaguardar a los países desde México hasta Tierra del Fuego de la mala influencia comunista.

No recordaba (y aún sigo así) si algunas ediciones de Life con el Gral. Stroessner visi­tando la Casa Blanca las vi en la Biblioteca Nacional o en la biblioteca de Milda Rivarola, así que el antecedente no con­tribuyó mucho a que preste atención al jovencito y el asno entrando al Lido.

UN ARTÍCULO INEXISTENTE

Decidida a encarar un aná­lisis de esa serie bucólica de fotos asuncenas, pregunté a un colega si conocía el artí­culo donde fueron publica­das. Su respuesta no fue la única: todos señalaban octu­bre de 1959 como fecha de publicación. Sin embargo, en lo que está disponible online solo aparecían la serie de fotos, agrupadas no necesa­riamente por temas y nada indicaba la existencia de un relato.

La sorpresa vino cuando logré enlazar a un link donde estaban todas las fotos. Y cuando digo todas, hablo de cientos y cientos de imágenes.

Graciela Stroessner, hija del dictador, toca el piano en la sala familiar de Mburuvicha Róga: le acompañan su padre, el presidente, su madre y her­manos. Las siguientes fotos son de la familia Stroess­ner riendo en la galería de la casa, de Stroessner de espal­das frente a un cuasi altar de héroes políticos del siglo XX, algunas están desenfocadas y movidas. El dictador no solo abrió las puertas –de par en par– de su casa, sino también la de su despacho.

¿Qué le habrá dicho Schers­chel? “General, un poco más a la izquierda”, “¿podríamos probar ahora así?, sí, un poco girando el hombro”, “una más general: ¿podríamos cambiar lo que está encima del escri­torio”. No son una ni un par de fotos; está toda la sesión y la misma solo habla de una enorme confianza por parte del fotografiado.

Confianza que además se tra­dujo en varias tomas desde el asiento trasero del automóvil donde en el parabrisas y en las ventanas laterales aparecían desde el apellido Stroessner formado por arbustos en un jardín, pasando por tran­seúntes hasta un camión militar lleno de soldados.

En alguna de ellas, el per­fil tomado a contraluz es inequívoco: el general en per­sona conducía el vehículo. E insisto, apenas empieza. Obras de gobierno, decenas. Construcciones, edificios, plantas de agua, tecnolo­gía, puentes, caminos. Dis­tingo el patio de la Asocia­ción Nacional Republicana (ANR) y lo que parece una gran convención colorada, bueno, hay que recordar que ese año Stroessner exilió a los colorados democráticos (encabezados por el doctor Agustín Goiburú, más tarde ejecutado por el régimen y actualmente desaparecido) e hizo un autogolpe al disol­ver la Cámara Legislativa.

1/11

Empecé a entender a Scher­schel: no solo fue testigo del funcionamiento de la usina de luz de Sajonia, a fuerza de leña antes de la existen­cia de la represa del Acaray, sino de la compleja situación política del año 59. Su cámara no registró solo al jovencito y a su burrito, sino al terror del estado de sitio y las violen­tas represiones a estudiantes, políticos y obreros.

HELP ME, PLEASE

Aunque desconectado, fue fundamental que por esos meses haya sido invitada por la Universidad de Greenville en Illinois, Estados Unidos, a dar clases en el marco de un programa de lectura. Aunque el tema que desarrollé en esa ocasión no tenía que ver con este período de tiempo, pero sí con la vinculación entre la narrativa histórica y la trans­versalidad de la mirada foto­gráfica contemporánea.

Esa temática fue muy bien entendida por el director del departamento de Historia, el Dr. Richard Huston, ya que cuando le manifesté la con­fusión y decepción que tenía sobre la inexistencia de un artículo y solo de un montón de fotos sueltas, se propuso él mismo a buscar físicamente, revista por revista, alguna noticia sobre ello.

Definitivamente no estaba en ninguna de las ediciones de octubre. Setiembre no podía ser, puesto que era probable que Scherschel haya estado en esos meses o anteriores. Se buscó meses posteriores y nada. Creo que al Dr. Huston le hizo gracia encontrar anun­cios de automóviles antiguos mientras que a mí me entu­siasmó conocer a Frank en una fotografía: la del staff de fotógrafos a fin de año.

Una aparente salida fue plan­teada por el bibliotecólogo de la Ruby E. Dare (Biblioteca de la Universidad de Greenville) Josh Zink: contactar a los archiveros de la extinta Life.

La respuesta llegó unas sema­nas después: aunque la Life no guarda copias de la edición en español, tenían un registro de publicación de las fotografías de Scherschel en abril de 1960.

Me temblaba el pulso cuando me puse a buscar en qué parte del mundo había en venta una copia de la revista y al saber que Buenos Aires era uno de los (pocos) lugares, no dudé en pedírselo a mi colega Igna­cio Telesca.

STROESSNER Y LA PISTOLA DEBAJO DEL SOMBRERO

La revista salió de Buenos Aires y llegó a Formosa. De Formosa, el Dr. Telesca la trajo a Asunción y de ahí, a mis manos, apenas un día antes de volar al estado de Virginia.

Ahora me causa mucha gracia el recorrido y que haya sido Formosa uno de los puertos de desembarque, pues cuando la abrí aparecieron fotogra­fías que no las había visto en el amplio grupo que se encuen­tra disponible en internet.

Destrozos en la sede de la Embajada del Uruguay, exi­liados políticos sentados en canoas en alguna reunión secreta en aguas del Pil­comayo, una fotografía en penumbras de un servicio religioso de un exiliado para­guayo en Formosa, el perfil en oscuro, contrastando con uni­formes blancos militares del ministro del Interior Édgar L. Insfrán solo enmarcan el plato fuerte: un artículo que denunciaba la situación paraguaya bajo el título de “Stroessner y la pistola debajo del sombrero.

El último dicta­dor de Sudamérica encubre el terror con el progreso”, acom­pañado de una fotografía de gran tamaño, donde un son­riente y complacido Stroess­ner está sentado en medio de la amplia mesa junto con Ins­frán, Tomás Romero Pereira, Fabio da Silva y Pastor Filár­tiga, presidente de la Conven­ción Colorada de setiembre de 1959: así como parte del directorio estaba vacante por encarcelamientos y destierro, y esos lugares debían ser ocupados, también debían serlo los de la Cámara de Representantes.

El artículo es tan fuerte como la composición de fotos. Des­cribe casi como un sarcasmo el adelanto de progreso del Paraguay frente al analfabe­tismo y pobreza, la aparente libertad política siendo mani­fiesto en cada uno de los actos públicos el estado de sitio, la brutalidad de la policía (des­cribe al jefe, Duarte Vera, como “bajito y rechoncho”) como método de amedrenta­miento y detención, la visita a Formosa donde un cura exi­liado por su posición polí­tica no contaba con el apoyo público de la Iglesia Católica. El autor, hasta ahora que escribo estas líneas, me es un enorme desconocido y no le he podido seguir muy bien la pista: Lee Hall.

Cuando conversé con Ignacio Telesca en plena calle la noche que fui a buscar la revista, no me aguanté y ahí mismo abrí el film que la envolvía. La emoción me embargaba varios meses desde que había empezado este periplo. Fue él quien me sugirió que una visita al Archivo podía ayudar a cerrar la hipótesis que tenía sobre por qué el artículo no se publicó para un público amplio norteamericano ni en inglés.

Realmente, como suele pasar siempre, tenía cada vez más preguntas.

¿Era posible que la embajada haya informado al Departa­mento de Estado la presen­cia demasiado cercana de dos periodistas de la Life con completo acceso al ejecutivo? ¿Pudo imaginar Stroessner que tanta cortesía deriva­ría en una abierta denuncia? ¿Manejaban las dos edicio­nes de Life criterios diferen­tes con respecto a una inter­pretación de apoyo político a gobiernos dictatoriales? ¿El artículo pudo haber sido pen­sado para la edición en inglés, pero terminó apareciendo en la edición en español donde, aparentemente, había un poco más de libertad periodística?

La visita al Archivo Nacional en Washington me encontró con algunas dificultades pese a la amabilidad de sus funcio­narios: el poco tiempo dispo­nible más una fecha cerrado por feriado y la necesidad de al menos 48 horas hábi­les para acceder a documen­tación diplomática.

Salí de ahí y opté por ir al Monumento de Lincoln. Era mi primera vez en esa ciu­dad y la caída de la tarde me trajo una sonrisa llena de pícara esperanza: si Lee Hall y Frank Scherschel había con­seguido encantar a uno de los más sanguinarios dictadores sudamericanos para sesiones de foto personales y habían logrado que él mismo con­duzca el automóvil mientras les narraba un gobierno de paz y progreso lleno de árbo­les de naranjos, ¿por qué no iba el tiempo a llevarme de nuevo para buscar las res­puestas a preguntas llenas de crisis política y valentía periodística?

Pese al título, Frank Scher­schel falleció en 1981 siendo todavía el Gral. Stroessner dictador del Paraguay.

El artículo se encuentra en la edición del 18 de abril de 1960.

Richard and Josh, much of this story has been made possible by the help given to my stubborn enthusiasm. Thank you. LA NACION

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